El futbol: una excusa
El fútbol fue el punto de partida, pero nunca fue el destino. Gerardo y yo comenzamos este ejercicio a partir de una actividad que ya existía dentro del batey: una práctica deportiva intensa, organizada y sostenida por la propia comunidad. Decidimos acompañarla con balones, porterías y franelas oficiales de la selección de Haití. La camiseta correspondía a la temporada anterior, porque el uniforme presentado para 2026 había sido vetado por la FIFA por contener una reinterpretación de “La libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix” y resultó imposible conseguirlo. Sin embargo, su carga simbólica permanecía intacta: vestir esos colores significaba reconocerse dentro de una identidad que, para muchos habitantes del batey, es origen, herencia y pertenencia.
Este gesto adquiría una dimensión particular ante la clasificación de Haití al Mundial de Fútbol de 2026, después de décadas sin participar. En una comunidad atravesada directamente por la migración, la discriminación y la apatridia, la selección haitiana representaba algo más que un equipo. Era la posibilidad de compartir públicamente un sentimiento de pertenencia que muchas veces es cuestionado, condicionado o negado. Las franelas no resolvían ninguna de estas problemáticas estructurales, pero permitían que esa identidad ocupara el cuerpo, el campo y la imagen.
Durante la clasificación, los partidos habían sido seguidos entre varias personas alrededor de un teléfono inteligente. Para el debut de Haití en el Mundial decidimos llevar un televisor al batey y colocarlo en el colmado. La imagen dejó de caber en una mano y adquirió una escala comunitaria. Niños, jóvenes y adultos se reunieron para mirar juntos, comentar, celebrar y compartir la tensión del partido. Por unas horas, el colmado se transformó en tribuna, plaza y espacio de encuentro.
Lo más importante ocurrió después. Cuando terminó el juego, el televisor permaneció y la comunidad comenzó a organizarse para reunirse a ver películas, documentales y otros contenidos. Un objeto llevado para acompañar un partido adquirió una función distinta a la prevista. Se convirtió en una ventana comunitaria y en la posibilidad de construir un espacio cultural allí donde antes no existía uno. No se trató de imponer una programación ni de diseñar desde afuera una institución, sino de observar cómo la propia comunidad se apropiaba del gesto y le daba continuidad.
El fútbol: una excusa documenta ese desplazamiento. El trabajo no está contenido únicamente en las franelas, los balones, el televisor o las fotografías, sino en aquello que estos elementos hicieron posible: reunirse, reconocerse, compartir una experiencia y comenzar a imaginar otras. El fútbol fue la excusa para activar un lugar común. El partido terminó, pero la pantalla quedó encendida. Y con ella quedó también la semilla de algo que, con el tiempo, podría convertirse en un pequeño centro cultural construido desde la propia comunidad.


































Valoraciones
No hay valoraciones aún.